viernes, 10 de octubre de 2014

LA PLÁSTICA DE JUAN JOSÉ MEJÍA: MENSAJERO DE LOS ARQUETIPOS


Conocí a J hace 14 años, cuando comenzaba el siglo XXI. Se trató para mí de un joven talentoso que amaba la plástica y la arquitectura. Fue esto, algo que fui aprendiendo de él poco a poco. Pero J no se reducía a un mundo de visiones, colores, formas y espacio. Me impresionó su capacidad para ir más allá y adentrarse en el mundo de los hombres medicina, los curanderos o curiosos, llamados en el norte de Asia, chamanes; de la poesía peruana y universal, de la música en varias versiones y corrientes, de las mitologías y tradiciones de culturas ancestrales. Además J tiene la virtud de ser una persona dialogante, con un agudo sentido crítico. Como todo artista. Todo lo que he conversado con él ha pasado por el filtro de temas que lo obsesionan a mí tanto como a él: la antropología, la historia y la filosofía, que eran temas míos, los hacía suyos naturalmente y los complementaba haciendo uso de dones de comprensión y de comunicación, extraordinarios. Por lo tanto J es un hombre polifacético y se nutre de diversos ámbitos de la realidad, así como, por ejemplo, es además amante del teatro. Todas estas aficiones y capacidades, pasiones y artes que recorren su mente y su sangre, se las he conocido por compartir con él la conversación.  
Pero hoy día J nos convoca con aquella que es su pasión, la plástica, el universo de la belleza de imágenes y colores, atraída, organizada desde el inconsciente onírico. La pintura de J es la expresión de una subjetividad ancestral, de una cosmovisión mágica. Sería inútil mirar los cuadros de J para no darse cuenta que la mística, en su forma auroral, original, apareciendo ante nuestros ojos como un elemento esencial de la construcción de nuestra identidad como herederos de un pasado, ésa mística que se ve opuesta a la conquista, a la consigna de que se nos torno el reinar en vasallaje, es la forma que tiene J de experimentar el mundo. J vivencia el atavismo y sumergido en la breve modernidad, intenta plasmar a través de técnicas modernas la imagen que vive dentro suyo, la del mundo en su forma primigenia, cuando los poderes del hombre eran un mero subconjunto de los poderes de la naturaleza y no existían límites para propiciarla, obteniendo dones: comida, regalos, fiestas, una vida larga, conocimiento. El hombre y la naturaleza eran uno.
Por eso J proviene de una vivencia particular de lo sagrado que no tiene mucho que ver con la espiritualidad católica, que en mí era predominante. La vivencia de un mundo mítico mágico.
Aclarado esto, pasamos a entendernos con el aspecto formal de la obra de JJ Mejía. Juan usa el acrílico, el óleo, el lápiz, el crayón, la acuarela para crear un mundo de imágenes abstracto figurativas que impresionan porque en apariencia están inacabadas pero que si se observan detenidamente poseen compleción, está ahí el espacio, la forma, el color, rostros, espirales, ojos, animales que tienen la fortaleza y la astucia del hombre conectado con el espíritu, como el caballo, las aves, los felinos, pero también los seres vegetales. Dicha apariencia de no ser acabada, de tener líneas de apertura, vacíos, sombras, colores opacos, difuminamiento, constituye su deuda con el actionpaiting de Pollock. El resultado es la sensación de inocencia, como carencia de angustia, como ludicidad, entendida además en su sentido de lusion, como burla o engaño. J es un niño pintor, alguien que se abstrae de la cotidianidad para entregarse al goce puro de la actividad artística, un creador con sueños, cuentos y habilidades que necesita ver realizado el mundo del lenguaje poético y musical de la mitología, antes de ser el adulto responsable, el ciudadano.
Para J, los materiales son un medio para que el hombre se exprese con la pìntura. Con ellos hace nacer figuras de un fondo de color indiferenciado que puede ser azul, rojo, anaranjado, blanco, negro, y que se resuelven en figuras que evocan a los seres oníricos de Tilsa Tsuchiya, los que en esta oportunidad llamaré los arquetipos del inconsciente. Las manchas de J son sensaciones abiertas a la percepción, a mi modo de ver, son pulsiones del destino suspendido de los seres infantiles, que pueden vivir durante un tiempo, como parte de la realidad objetiva; sus figuras humanas, generalmente rostros insinuados sobre el trasfondo cromático, también representan está inocencia que vincula a J con el arte Naif.
J reduce las estructuras de la forma pictórica a elementos simbólicos suspendidos en el espacio sin completar de los sueños y la fantasía. Los ambientes de J son totalmente imaginarios, son otra realidad, otra posibilidad del ser. Una de las pasiones de J, es explorar el mundo de los alucinógenos como el ayahuasca, los hongos, por sí mismo, no porque considera que debe buscar una evasión, sino porque busca la verdad que está en lo profundo, lejos de la forma superficial de la materia y de la energía. El universo de J se prolonga a través de formas perfectas, en el sentido de que no muestran discontinuidades perceptivas a pesar de ser expresionistas y fragmentadas. Una de estas formas en la pictórica de J es la espiral o la ola en bucle. Cuántas evocaciones trae esa simple figura: la arquitectura y la iconografía mochica, la entrada a otro mundo, el infinito. Para J, la espiral es una imagen natural del crecimiento espiritual, de la deificación o santificación de la vida y se halla unida al misterio de la muerte.
En el cuadro Los dioses ocultos se puede observar el no juego, el no burlarse, como disfraz, como acción de contemplar la paz elemental en el espacio donde se esconden los dioses. Los dioses duermen en el seno de la tierra y en los confines del cielo donde no brillan las estrellas, en un espacio mixto. En el centro del cuadro hay un Xochimilco silencioso, que no muestra su rostro, y es pequeño, solamente es un apéndice de la roca primordial bajo la abovedada cueva celestial donde los dioses descansan olvidados. Otros trazos sugerentes pueblan débilmente la cueva, y aparecen sombras animadas proyectadas por la luz que proviene de la espiral.
En Sueño del niño sobre el caballo, los ojos tienen un rol preponderante. J propone en este cuadro el poder de la mirada onírica, que es un poder justiciero. Mientras el niño aparece ante el destino infinito del aquí y del ahora, el caballo parece el cómplice ideal de toda la escena y su mirada es inquisitiva y graciosa.  Preguntar y aceptar la respuesta son formas en las que procede la justicia, pero también el sueño. En los sueños siempre hay como un acertijo que debe ser resuelto. Para J, es claro que los sueños son una manera de compartir la vida de otras personas.
Sin embargo, habíamos mencionado antes la etimología de ilusión. El sentido de esta palabra es mofarse de algo o alguien. Para J pareciera que la pintura y la vida son algo irreal, una idea, un engaño. Que el color está pero no está, que la forma está pero no está. Una idea falsa, por ejemplo, del amor, consiste en todos los autengaños en las relaciones. La idea falsa en los colores de J, es que la verdad aparece dentro de la silenciosa sombra o de la encendida luz como renacimiento de la vida vegetal y animal y muerte del ser, androginia esencial del niño que atraviesa una fase de latencia, en lenguaje freudiano. Que es inmanente al arquetipo, que su fundamento es el tiempo cíclico de muerte vida renacimiento, pasado, presente y futuro. El tiempo en los cuadros de J está suspendido pero ello no significa que no plasmen el movimiento de los seres vivientes. Porque en el sueño hay movimiento y si en los sueños se ve transfigurado el presente y el pasado, puede estar el futuro. Esta fusión del tiempo, en el pensamiento místico se llama eternidad, el instante que es jamás de los jamases por siempre. Es una hermosa metáfora de la supervivencia. Borges transmitía en su literatura la idea de Baruch Spinoza, de que todas las cosas quieren perdurar en su ser. Si poseemos el instante como lo único que poseemos, poseemos también la eternidad. El infierno es la metáfora de un tiempo de dolor eterno, en él nos es común el dolor, el error y la tragedia, el exceso. El querer  ir más allá de los dioses y pensar que se puede romper el retorno de muerte, vida y renacer con la intromisión del tiempo lineal de la historia de occidente y de la física, y de la búsqueda de un destino profano, donde quedan relativizadas todas las categorías de la cosmovisión andinacosteña y la andinoselvática, del hombre medicina como centro del espíritu, a manos de un sistema de números, de un mercado cultural que busca funciones, frecuencias, modas, tendencias y variaciones. Es la elevación de este espíritu que dice no a la racionalidad occidental invasora, a la conquista, al descubrimiento, a la evangelización y retorna a su fuente de herbolarios e imágenes. Al vuelo y al trance como vehículo para unificar y comunicar los mundos del hombre, la pluralidad, todo eso que hace de nuestro amigo J un ecléctico que recoge elementos de varios saberes y técnicas, que rechaza lo formal pero que recrea la forma sometiéndola a una reducción. Las imágenes de J parecieran que no son tridimensionales, que tuvieran una consistencia plana. Pero la perspectiva en J se esconde en los elementos mismos abstractos y figurativos del cuadro, expresando una contextura inflada a algunas de sus formas, la obsesión por los ojos, que tienen el carácter globular, se ve aquí funcional a fundar la perspectiva de los cuadros de J, que se centra en un fragmento del cuadro, no en el espacio áureo de la geometría euclidea.. Estas podrían ser las características del estilo de J, de su aporte concreto a la tradición plástica lambayecana que es joven, porque Chiclayo tiene una madurez finisecular de data reciente. Pero esta modernidad atravesada de ideas y sueños, puede acudir a la tradición iconográfica moche y a Tilsa Tsuchiya, para fusionar una particular versión del sueño, un compromiso para plasmar expresionistamente, el universo de los arquetipos. Las imágenes míticas del tiempo cíclico, los dioses.
Que ellos te sean propicios estimado Juan José, en esta primera individual que ya nos debías hace tiempo, y en este escrito te agradezco por invitarme a saldar la deuda que tengo contigo de tener el defecto de la pereza mental y no haber hablado nunca, como lo debería hacer, por el aprecio que tengo por ti y tu arte. Te agradezco haberme comunicado tus ideas y tu praxis como artista y cumplo en hacer este pequeño trabajo para borrar anteriores silencios ante tu forma de iluminar el arte.



                                           Dioses ocultos; Juan José Mejía

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